La fiesta de las Letras solidarias se celebró en la Delegación de Educación

Con una participación de todo el alumnado de 1.º y 2.º de ESO, y llevando a concurso, tras la selección, a casi la totalidad de posibles participantes (25 de 30 plazas; se quedaron fuera por no cumplir las bases del concurso), Ana Belén Paramio consiguió el primer premio de la “XVIII edición del certamen literario escolar andaluz Solidaridad en Letras”, concedido el pasado miércoles en la sede de la Delegación Provincial de Educación de Málaga.

 

Nuestro éxito ha sido la participación, el trabajo de educación en valores (paz, libertad, igualdad, justicia…), y, sobre todo, darle importancia capital al  voluntariado, sobre lo que nuestros alumnos han reflexionado y escrito.

La secretaria general de Políticas Sociales, Voluntariado y Conciliación de la Consejería de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, Lourdes Ballesteros, ha presidido la entrega de premios, acompañada del secretario general provincial de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, Juan Manuel Ramírez, y el presidente de la Plataforma del Voluntariado de Málaga, Juan Luis Peña.

Acogidos por un amable equipo de la delegación provincial de educación de Málaga, nos hemos sentido, tanto el director Federico Fernández y el profesor Fernando Frías, como la madre de la alumna y Ana Belén, como en casa, y hemos disfrutado de un acto sencillo, a la par que lleno de alegría y juventud.

En esta edición del concurso han participado un total de 142 alumnos de 21 centros docentes de la provincia de Málaga, según han informado desde el Gobierno andaluz a través de un comunicado.

Seguiremos fomentando la escritura y los valores y así continuar disfrutando del placer de la lectura y la escritura. Y si viene un reconocimiento, fruto, a veces también afortunado, del trabajo bien hecho, pues doble alegría. Porque la felicidad en un alumno por el buen hacer de todos es nuestro mayor y mejor premio.

 

TEXTO ÍNTEGRO

DESDE UNA PEQUEÑA APORTACIÓN 

 

Ella no quería ir. Sus padres le obligaban porque ya había cumplido la mayoría de edad y quería hacer nada con su vida no quería estudiar ni tampoco a trabajar y lo único que hacían todo el día era encerrarse en su habitación. 

 

Su actitud tampoco era demasiado buena, le decían cualquier cosa y ella respondía de forma muy cortante; también era muy introvertida y no tenía muchos amigos. 

 

Así que por esas razones y algunas más la mandaron de voluntaria a un orfanato. 

 

Al llegar, pensaba en quedarse sentada en aquella silla mirando su móvil, cuando un pequeño niño de tan solo cuatro añitos se abalanzó sobre ella y se enganchó a su pierna. A ella se le escapó una risilla, pero sin embargo le dijo que se fuera. Él hizo como que no la escuchó y se la llevó a jugar con los demás niños. 

 

Los padres de la chica, que pasaban por ahí, se asomaron por la ventana y vieron algo que no habían visto en mucho tiempo, ¡su hija sonreía! Sobre todo, se veía que disfrutaba de lo que hacía. 

 

Al volver a casa, ella parecía una persona distinta. Ayudaba con las tareas, conversaba con sus padres… 

 

Pasó el tiempo y era irreconocible, empezó a hacer más amigos, encontró un trabajo que le encantaba y le servía para pagar la universidad en la que había estado estudiando, y todo eso gracias al voluntariado. Le encantaba ayudar en residencias, hospitales y limpiando las playas de su ciudad. 

 

Ayudar a los demás la hacía sentirse bien consigo misma y sobre todo a las personas que ayudaba. 

 

Ella quería hacer algo grande, por eso estuvo ahorrando para ir a un pequeño pueblo de Kenia en el que las personas estaban sufriendo mucho. Así que, con unos amigos, se puso camino a África.

 

Tras un vuelo con bastantes turbulencias, llegaron al pueblecillo. Aquel paisaje que vieron les pareció a todos una preciosidad. 

Tardaron bastante en llegar al pueblo y estaban agotados, pero eso no les impidió saludar y abrazar fuertemente a las personas que vivían allí. 

 

Para ella era satisfactorio saber que por lo menos un poco de su ayuda había aportado un poco de esperanza a esas familias. 

 

Ahora ella apreciaba más lo que tenía y más que a nada a las personas que tenía a su alrededor. 

 

Si las personas siguiéramos los pasos de aquella chica, aunque no consigamos algo muy grande, podría aportar algo más de solidaridad en el mundo. 

 

Ana Belén Paramio Martín – Maristas Málaga.