Las cosas de Dios son como el grano de mostaza, que es la más pequeña de las semillas, pero con el tiempo crece y se hace como un árbol….

Con la obra de Marcelino Champagnat (que sin duda era cosa de Dios) sucedió lo mismo. Nació como una pequeña semilla, allá por el año 1817 en La Valla, un pueblecito francés, y fue creciendo… Primero por los pueblos de la diócesis de Lyon y, con el tiempo, por todo el mundo.

Ya en vida del Padre Champagnat algunos hermanos llegaron hasta Oceanía, acompañando a los Padres Maristas, a quienes se les había encomendado las misiones de Polinesia.
Poco después de su muerte, la Congregación empieza a extenderse por Inglaterra (1852), Bélgica (1856), Irlanda (1862)… llegando hasta África del Sur (1867). Durante el último tercio del siglo XIX los Hermanos se establecen en diversos países: Canadá, Estados Unidos, Italia, Dinamarca, Colombia, China, Argelia, Turquía, Suiza, Líbano, Egipto, México…

En España, la obra marista comenzó el año 1886. Procedentes de Saint-Paul-trois-Chateaux (Francia), llegaron a Girona los Hermanos Hilarius, Hermile, Hélion e Hippolytus. En realidad no venían con la intención de fundar ningún colegio, venían para aprender la lengua castellana y trasladarse luego a la Argentina, en donde los Padres Lazaristas les habían ofrecido una fundación. Pero se quedaron en España.

Actualmente, el Instituto de los Hermanos Maristas está presente en más de 70 países, en los que desarrolla su misión. Escuelas, colegios y universidades; centros de atención a niños y jóvenes con toda clase de dificultades (marginación, drogadicción, abandono…); lugares de misión y animación de voluntarios (ONGs) tratan de seguir viviendo el espíritu de Marcelino Champagnat, que es el espíritu de Jesús, al estilo de María.